Hay veces en la vida, o más que veces, momentos, 
en los que necesitamos huir de una realidad que de pronto nos ahoga,
de una realidad que, lejos de los sueños de una vida, 
nos baja al suelo y nos hace sentir la dificultad del camino
por el que de pronto nos encontramos andando.
Y necesitamos volver a creer en sueños y cuentos, en historias
que nos hagan sentir esa magia, esa fantasía irreal que nos aleja de todo.
Necesitamos volver a aquel jardín, a aquellas tardes de verano en
las que la infancia te incitaba a soñar y a imaginar, en las que
todo era fácil y mágico y bastaba con respirar.
Aquella inocencia dulce que te llenaba la boca de
una risa a carcajadas, de sueños alcanzables, de fantasía viva.
Hay momentos en la vida en los que echas la mirada atrás,
acordándote de esa magia que te hacía creer en todo, que
te hacía pensar que todos los sueños podían hacerse realidad.
Y te preguntas en qué momento se olvido aquello,
en qué momento la realidad acaparo tu mundo para no
dar cabida ya a los sueños, en qué momento dejaste de
creer y por qué.
Por qué no podemos seguir soñando toda la vida con
esa magia que hace brotar sonrisas, que da  brillo a esos ojos
vivos que luchan por no olvidar lo que fueron y lo que vieron.
Cuándo se apagó aquel brillo, que no me di cuenta...
Cuándo se acabaron los sueños, sin que se viera...
Cuándo se olvidaron los cuentos, sin que se pudiera...




Cuando la vida te roba la capacidad de creer en tus sueños...

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