Hay días que me levanto y pienso en lo bonito que sería acercarme a casa.
A la nuestra, a la que se siente hogar, a la de mi infancia, a la de familia, a la vuestra...
Pienso lo bonito que sería coger el bus con los peques, comprar curasancitos en el horno de siempre y llamar al telefonillo... un “yo” de los de antes, de los de siempre, de mi “yo” de cuando tu estabas.
Que me abrierais o mamá o tú y subir a veros, abrazaros, sentarnos en los sofás del salón y dejar que la casa se inundara de las risas de mis niños, como se inundaba hace años de las de mis hermanos y la mía.
Verlos correr por el pasillo, sentarnos todos juntos en l cocina, al calor del solecito... y ver a papá preparar café.
Lo bonito que sería verle reír de la última tontería que se le ocurre a Alex o enamorarse de Nacho haciendo los 5 lobitos...
Lo que me encantaría verlos encima de ti, sentados en tus rodillas, hablándote y llamándote abuelo...
No hay palabras que expresen lo que me gustaría vivir esa imagen que tantas veces me viene a la cabeza sacándome lágrimas hondas... de ese rincón del corazón guardado para ti... de ese rincón que te reservo ya para siempre hasta el día que volvamos a encontrarnos... ese rincón oculto, adornado de recuerdos y de imagenes soñadas y deseadas que nunca se harán realidad.
Cuánto te quiero papá...
Cuánto te echo de menos...
Cuánto me haces imaginar...
Cuánto te necesito...
Volveré siempre a ese rinconcito, a abrazarte, a dejar que cojas a los peques y que te rías con ellos, a volver a sentir ese calor de hogar, a contarte todo lo que me pasa, a volverte a ver...
Me faltas
Me faltas
Te quiero
Siempre
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